FIESTAS DE ELCIEGO 2007

 

SERMÓN SOLEMNE DE NUESTRO VENERABLE PASTOR

 

 

SERMÓN 2007

 

 

Hoy es once de septiembre,

triste, flébil, noche aciaga;

para mí es noche de pompa,

de pompa y de circunstancia

ya que expiró Barrihuelo

cuando despuntaba el alba.

Presurosos acudimos

atendiendo a su llamada

Su Eminencia “ Pepe el Guarni”,

y el servidor que ahora os habla.

Reinaba casi el silencio,

y digo casi reinaba

a no ser por los sonidos

de la estridente algazara

que en anárquico tropel

se entreoían de la plaza.

Trémulo y todo convulso

exclamó: “¡Que Dios me valga!”

y empezó su testimonio

con voz rota y desmayada.

“Aún guardo vivo el recuerdo

del día de mi llegada;

mi hatillo de caramelos,

mi blusa negra, el paraguas,

las abarcas, la txapela

y el pantalón de mil rayas.

Del fluir burbujeante

de las botellas el cava,

las volutas ondulantes

que de los puros emanan.

Una vez entre vosotros

es la fiesta quien me atrapa;

el popular pasacalles

siempre pasado por agua.

 

Evoco la procesión

de la Virgen de la Plaza,

de las danzas en su honor

a los sones de la gaita;

de una salve que embelesa,

del concierto de la banda,

de los niños los disfraces,

las orquestas, las txarangas,

de los fuegos de artificio,

los encierros de las vacas,

sabrosas degustaciones,

calientes chocolatadas,

rosquillas que Don Antonio

celosamente prepara.

Pero además de todo eso

hay algo más que me agrada:

el hablar con los amigos,

el contemplar vuestra caras

poniendo amorosamente

un beso en cada palabra.

Ahora respiro hondamente

y mil olores me asaltan;

aquí huele a pueblo afable

y huele a amigo del alma

y huele a esencia de uva

y a nobleza bien probada.

Aquí huele a hermosa gente,

aquí huele a gente sana,

aquí huele a vino excelso,

y a historia contemporánea.

Esas son las sensaciones,

esas sutiles fragancias

que ponen a hervir la sangre

y que avivan las nostalgias.

 

Y dicho esto, yo quisiera

amigos míos narraros,

algún que otro sucedido

que estos días me han pasado.

El domingo día ocho,

muy prontito, paseando

muy cerquita de Riscal,

final de la Calle el Barco,

la Eme Treinta, por más señas

que es como aquí la llamamos,

voy yo pensando en mis fiestas

y tranquilamente paso

entre un tío y una tía

cinco metros separados.

Ella permanece inmóvil

y el gachó la está enfocando

dispuesto a inmortalizarla

en un precioso retrato,

frente a la obra que Frank Gehry

nos dejó como legado.

-“¡Párese usted!”va y me dice

hablando en tono muy alto

el maromo de la cámara;

-“¡que me está invadiendo el campo!”

el campo al que se refiere

es el campo fotográfico.

No le hecho la menor cuenta

y muy serio sigo andando.

-“¿Qué hace usted?”pregunta el tío.

-“Pues ya lo ve, paseando”.

-“Le he dicho a usted que se pare”,

insiste terco el petardo

quien además de irascible

es borde y mal educado.

Entonces sí me detengo

y a su verita me planto.

-“Escuche usted ,yo le digo,

si quiere hacer un retrato,

una foto que decimos

los que por aquí moramos,

esté atento a las personas

que a su vera paseamos

y cuando no halla ninguna

que se interponga en su campo

aprieta usted el botoncito

y ya está hecho el retrato.

¡Pero no al contrario, coño!,

¡coño, pero no al contrario!

que usted no tiene derecho

a prohibirme a mí el paso.

Ni usted ni mil como usted

que van por ahí incordiando;

yo sí que tengo derecho

a pasear por mi barrio,

mío porque en él nací

hace ya unos cuantos años

y en el vivo y por sus calles

me gusta ir paseando

sin necesidad ninguna

de tener que ir sorteando

a quienes van por la vida

sin el mínimo recato

de enteradillos de cámara

que así es como yo les llamo.

Así que muy señor mío

deje de dar el coñazo

que yo sigo en línea recta

paseando muy despacio

y cuando quiero aligero

y cuando quiero me paro;

lo mismo que si usted quiere,

puesto que es su propietario,

meterse la camarita

por el mismísimo saco.

Y antes de irme un consejo:

suspenda usted su retrato

que con la cara que tiene

la tía que está posando,

no le merece la pena

gastar carrete, muchacho”.

El gachó se queda mudo,

yo vuelvo a coger el paso

y en las torres de la iglesia

se alborota el campanario,

y hay un repique de Gloria

que sin duda está anunciando

la procesión de la Virgen

a la que yo nunca falto.

 

De nuevo cambio la rima,

y aprovecho la ocasión

para comentar el caso

que aquí traigo a colación,

caso hilarante y verídico,

ventoso y conmovedor.

Es de todos ya sabido

que el día dos en cuestión,

aludo al dos de septiembre

permitan la aclaración,

un año más se versara

de las fiestas el pregón.

Una vez que el pregonero

culmina su intervención

y arranca muy merecida

del público una ovación,

se da paso al piscolabis

y al ágape de rigor

con el cual el consistorio

agasaja al orador.

La comida viene luego

y es en esta tradición

la asistencia de jerarcas,

de barandas, con perdón,

el tal del Gobierno Vasco,

el cual de Diputación,

el de Juntas Generales

y algún que otro figurón

invitadas todas ellas

por esta corporación.

Pero este día el alcalde

tiene el vientre tontorrón

por mor de unos cuantos pinchos

que en el convite tomó

y sus tripas juguetonas

cantan do, re, mi, fa, sol.

Y en plenos aperitivos

de croqueta y de jamón

larga un soberano trueno,

aleve, ensordecedor.

 

Los demás se quedan mudos

mientras se expande el hedor.

Ha de ser Javier Entrena

muy contemporizador

quien sin pensarlo dos veces

se yergue de su sillón

y dice: “ A todos les pido

humildemente perdón,

del vergonzoso estropicio

yo he sido el único autor;

no he podido contenerme,

cosas de fuerza mayor”.

Y del rostro del alcalde

desaparece el rubor.

Llegado ya el primer plato

de delicias de salmón,

de nuevo y sin previo aviso

pega el segundo apretón

y del viento aquel estruendo

se escucha hasta en Fuenmayor.

Ahora es Rafita Larrea,

otro ilustre regidor,

quien súbito y decidido

se levanta en plan señor

y dice: “ Ilustres amigos,

esta vez he sido yo;

hay cosas inevitables

que no tienen solución

y esas cosas tristemente

siempre han sido como son.”

A nuestro alcalde de nuevo

se le pasa el sofocón;

todos los demás respiran

aunque persiste el olor.

Y en esto que se levanta

de pronto el cura mayor,

le viene un presentimiento

y dice alzando la voz:

“ Del próximo desahogo

que vendrá a continuación

del alcalde de este pueblo,

se hace cargo un servidor.”

 

Siguió un sepulcral silencio

a estas últimas palabras;

se apagaron ya los ecos

de los sones de la gaita;

ya no se oía el runrún

de la estridente algazara.

Tan solo se presentía

la presencia de la Parca

que con aviesa intención

batía sus negras alas.

Entonces Don Rafa Uribe

acercóse hasta su cama

y viendo que carecía

de pulso, de aliento y alma,

como juez del municipio

de defunción firmó el acta.

Hoy es once de septiembre,

triste, flébil, noche aciaga;

comience a sonar la música

de pompa y de circunstancia.