ENTIERRO DE BARRIHUELO 2007

 

La tristeza casi derrumba del caballo a nuestro apuesto escolta.No somos nada. Autoridades compungidas,miradas extraviadas...sotanas alicaídas y alirremangadas...la vida nos golpea a placer...
Apretujados en torno a nuestro bienamado prelado como queriendo y no pudiendo... Nuestros duros militares apenas semejan gatitos tristones...hasta la pistola de nuestro ertzaina anda blanda caramba!
Las eminencias escoltando a nuestro maestro de ceremonias empequeñecido por la solemnidad del momento. Un primer plano que nos da idea de hasta que punto nos oprime la vida en este valle de lágrimas.
Expléndido y profundo miserere que pone en un puño los estómagos de los presentes. Se rumia la desesperación ambiental.El clero hiératico e imperturbable se dispone a comenzar la ceremonia fúnebre.
La espiritualidad andante lleva en volandas los restos estropajosos de nuestro Barrihuelo. Nuestros hermanos de la orden del santo cirio trasladando el lúgubre féretro hasta su última morada.
Las tinieblas abren paso a la silenciosa comitiva. Explendorosa la guardia de honor,haciendo gala de su habitual gallardía y colorido.
Los monaguillos ponen la nota simpática a la tragedia que flota en el ambiente. Nuestro célebre prelado Antoine de Narravette,mano derecha y brazo ejecutor de SS,se suma al dolor de las turbas.
"Miserere nobis". Así de espaldas,al menos no percibimos la enorme tristeza de nuestro oficiantes. Va a empezar el sermón de Monseñor William Ayfamus,que nos aliviará de tanta pesadumbre en estas horas amargas.
Monseñores y presbìteros de distinto pelaje hacen gala de santa paciencia en espera del comienzo de la ceremonia. La mirada de nuestro escolta lo dice todo.Hasta el plumaje del imponente gorro se deja caer fofo y desgarbado.
La mirada en la lejanía y la cabeza...¿dónde estará la cabeza de este apesadumbrado escolta? La espera se hace eterna.Y eterno cada momento.Pero la paciencia de nuestro clero es infinita.
Las palabras de monseñor William Ayfamus derrama consuelo a chorros sobre los afligidos corazones. Los semblantes de las autoridades se dejan llevar por el verbo fogoso de nuestro orador mitrado.