TARDE DE PESCA

 

A las seis me fui a pescar. A las seis. Al único lugar donde la brisa jugaba. Allí en el rompeolas, donde también se rompían y se mojaban unos pocos rayos de sol.
Me senté y contemplé. Las rocas riéndose de unas olas ridículas, mar aceitoso, alguna mosca zumbona, el faro omnipresente en lontananza, y una mujer de colorines leyendo un libro gordo a un golpe de vista de mi roca.
La miré. La miré otra vez. Me miró. Me volvió a mirar. Siguió leyendo.
Deposité la caña sobre mi roca, casi como un profesional. Abrí la cesta. Una pestilencia a sardina condenada a muerte me llegó al alma. Saqué la cuchilla, agarré a la primera incauta que pillé y la partí en dos.
El trianzuelo estaba enredado, asquerosamente enredado. La miré. Creo que me miró. Tras dos minutos de pelea inútil me impacienté. "Saldrás por las buenas o por las malas."
Salió por las malas. El muy asesino se me clavó en el pulgar. Grité. Miré. Miró. Se rió. Volvió a leer
Abrí la lata de cerveza y rocié la herida desgarrada y sangrante. La media sardina me miraba burlona. "El que a hierro mata, a hierro muere," pensé que pensaba. "¡Zorra!" le dije. La cogí con ánimo de venganza y la ensarté. "¿Qué dices ahora, eh?" No dijo nada.
Me alcé sobre el panorama con la caña en ristre, ajusté el carrete, fijé una pose colosal con mis pies firmemente asentados, adopté un aire profesional. Miré. Miró y rió un poco más.
Balanceé la puñetera sardina, extendí los brazos y solté con gracia y donaire el latigazo bestial que pondría la mortal trampa casi casi en alta mar.
-¡Zaaaaasssssss!
El trigarfio describió un semicírculo ridículo y fue a hundirse contra las rocas de la orilla a cuatro lejanísimos metros de su punto de origen. El fijador del hilo se me había escapado del meñique. Miré. Miró. Se rió. "¡Cagüen la leche..!
Tiré suave. Se tensó. Tiré más. Se tensó más. Tiré con todas mis fuerzas. Pero la sardina tiraba más. Miré. Ella no miraba pero se reía. ¿Estaría leyendo un libro de humor?
Dejé la caña con cuidado, tomé el hilo y lo seguí. Allá abajo en una grieta, allí estaba la sardina mirándome. Bajé casi hasta la orilla. Fue en ese momento cuando la única ola digna de llamarse ola de aquel día, rompió casi en mis narices empapándome impune y totalmente. "¡Mierda!" me salió del alma. De la mismísima alma.
Clamé al cielo en silencio: "¿Para qué coño está el rompeolas, si el que rompe las olas soy yo?"
Miré. Miró. Reía ostensiblemente, con el libro entre las piernas.
Tras ímprobos esfuerzos logré desatascar el trianzuelo, y mi primer impulso fue sacarle los ojos a la sardina. Se los saqué. Subí. Fui recogiendo carrete, con tranquilidad, con dignidad, con elegancia. Llegó el flotador pero… ¿y los plomos? "¡Gilipollas!" Me había olvidado de los plomos. Miré. No miraba. Volví a mirar. Esta vez la pillé mirando. Enarqué las cejas. Me sonrió con una especie de reverencia afirmativa.
Me dije: "Esto no puede quedar así." Y me dispuse a echar el resto y el cociente. Monté con mi habitual maestría los plomos, ajusté la longitud para lanzar, avancé disimuladamente precavido hasta una roca inferior, inicié el escorzo, se balanceó el garfio hacia atrás…¡ Riiaaaasssssssssssssss ¡¡Catapúm!
Allí, en la roca más seca del rompeolas pegué un patinazo de libro y me caí de culo. Culo que quedó ensimismado de dolor y de vergüenza. Miré. Miró. Ya no reía. Se partía de risa.
Con jodida indiferencia despegué el culo de la roca, me sacudí por hacer algo y salí en búsqueda de mi querida caña que había llegado más lejos que el mismísimo anzuelo.
Lento pero seguro, recogí. Lo desarmé. Tiré las sardinas al mar. "Me habéis vencido…" Miré. No miró. Pero aún le duraba el gesto risueño. Cojeando visiblemente, con la caña en ristre y la cesta en bandolera, derrotado totalmente, me dispuse a abandonar el campo de batalla.
Al pasar a su lado ella dejó de leer y me miró. A mí.
--Perdona, espero que no te hayas enfadado por haberme reído, pero es que no pude contenerme.
--Bueno…-- le dije - al menos ha servido para divertir a alguien.
-- Estás empapado…
-- ¡Bah! Con este calor se secará pronto.
-- Oye, en mi apartamento tengo secadora… si quieres vamos y la secas allí en un momento.
No sé ni sabré nunca si me notó el asombro, pero lo disimulé con todas mis escasas fuerzas.
-- No quisiera que te molestaras…
-- ¡No es ninguna molestia!-Interrumpió mientras se levantaba.-Y de paso nos tomamos
una cerveza, que menudo calor hace…
-- Yo no tomo alcohol, pero si tienes una manzanilla…