PUNTO

Punto despegó los párpados y dejó que la luz del plano le penetrara hasta el fondo de si mismo. Giró cuatro cuadrantes. Luego otros cuatro. A duras penas logró percibir cuatro segmentos confabulados para limitar su perspectiva, que unían con fuerza no exenta de tensiones cuatro vértices opuestamente emparejados.
Lanzó una perpendicular a cada segmento y estableció un cruce referencial. Sintió sobre si el reflejo de cada vértice y estableció los cálculos necesarios para abrir el rombo-cárcel.
Trazó con violencia las perpendiculares cortas sobre los lados más cercanos. El imponente paralelogramo se abrió lentamente y dejó de ser rombo para metamorfosearse en línea quebrada, que vagaría a la deriva hasta que algún vector caritativo tuviera a bien invertir los cálculos para cerrarlo de nuevo.
Punto rodó por el plano rebotando contra miles de polígonos durmientes, dejándose llevar a través de complicadas perspectivas y recitando a voz en grito: " O VECTOR A,O VESTOR B,O VECTORC…"
Sabía que debía tener cuidado para no caer bajo la observación de los cazadores de referencias que valoraban los puntos fugitivos más que ninguna otra pieza.

El plano era infinito, y el número de puntos, incontable; pero tarde o temprano,__ eso ya lo tenía asumido,__ caería. Y sabía que su existencia a partir de ese momento se limitaría a permanecer atado a una equidistancia, a quedar camuflado en un vector o engullido por un cruce de rectas de afinidad perpendicular que, como todo el mundo sabía, podía ser considerada como un eterno presente de total no-ser.
Si tenía suerte podría incluso formar parte de referencias no ligadas directamente a entidad alguna con lo que, en un momento de descuido y transcurrido un tiempo prudencial, podría dejarse ir con cierto disimulo, lejos del sistema.
De algunos sistemas era fácil escapar. Por ejemplo, de un rombo. Los paralelogramos equiláteros eran fáciles de abrir siempre y cuando no formaran parte de cualquiera de sus diagonales, ni, por supuesto, de su intersección.
Era obvio que la fuerza de cualquier paralelogramo estaba determinada por la atracción generadora de varios segmentos con determinadas coincidencias, capaces de capturar varios puntos huérfanos para formar un ente estable, y evitar así la absorción e integración en estructuras errantes y vagabundas.
Lanzando perpendiculares a los segmentos más cercanos, el vértice correspondiente del paralelogramo más pequeño entraba en crisis, permitiendo la huida a través de la bisectriz.
De los triángulos se podía uno escapar siempre que supiera la manera. El método era sencillo: si en un paralelogramo ocupar el centro era mortal de necesidad, en un triángulo suponía ña salvación.
Lanzadas las medianas desde el baricentro, era muy fácil para cualquier punto deslizarse dentro de uno de los triángulos más pequeños que se formaban.
Buscando el baricentro del nuevo triángulo se repetía la misma operación para generar tres nuevos triángulos más pequeños. Repitiendo el proceso a velocidad nimiomental, un punto cualquiera conseguía reducir el triángulo a un fractal cuya parte más pequeña eran cuatro puntos: tres prisioneros y uno residual. El residual se despide y huye zumbando plano arriba.
Punto se perdió entre un cúmulo de superestructuras entre las que era fácil camuflarse. Claro que, siempre estaba expuesto a que algún buscador de errores diera con él y lo encerrase dentro de algún sistema indeseable o, lo que es peor, le aplicase un fregado restregante que lo dejara invisible, pasando así al mundo repelente de la virtualidad.
Atisbó una superestructura cuyo centro estaba extrañamente despejado. Tenía toda la pinta de ser la típica trampa de puntos errantes o de microsegmentos desprendidos de ciertos sistemas ya obsoletos.
En una de las entidades lineales que configuraban la trampa observó, y casi lloró de alegría, un punto nítido, omnivisible, informe y cuasicentrado, el punto con el que cualquier otro punto hubiera soñado para formar parte de un planisferio de estrellas puntibrillantes, que venía a ser como el paraíso de los puntos vagabundos, el cielo donde habrían de ir a parar después de arrastrar su simple y penosa forma por este perro plano infinito.
Oteó a izquierda y derecha. Hizo dieciocho giros de frecuencia ritmologarítmica y quedó inmóvil en medio de un pasadizo de parábolas paralizadas. Salió. El punto desplegó una sonrisa sutil y se balanceó con insinuante sinuosidad. Punto echó a rodar intentando hacerlo arrastradamente, un truco que a veces despistaba a los cazadores, ya que los tomaban por trazos persistentes emitiendo un eco visual de escaso valor.
Cuando Punto llegó al centro, el punto se elevó y contempló horrorizado que el punto que le sonreía no era el punto soñado sino la punta de una recta que orientaba hacia su visión la mínima superficie.
Inmediatamente, un objeto metálico y brillante surgido del exterior del plano se hundió sobre el mismísimo centro de Punto, lanzándole a un vacío extraño e inconcebible.