Si esto que ahora escribo, algún
día es puesto en pasquines, no quiero que contribuya a desestabilizar
la paz entre los pueblos más de lo que ya está. Así que
omitiré el nombre de los lugares que vieron nacer a estos pequeños
monstruitos, y me limitaré a decir que eran niños procedentes
de diversos lugares de habla hispana.
Las circunstancias que tuvieron la desgracia de darse para iniciar unos actos
tan deplorables, crueles e irracionales como los que se van a relatar llevaban
gestándose años y años (y años) de pertinaz veraneo
en una ciudad que crecía pertinazmente hasta sobrepasar en su ávido
crecimiento la justificación de su propia razón de ser.
Los padres de los gemelos eran los últimos propietarios en acceder a
una gran caja de zapatos, (conocido entre los carteros con el rimbombante nombre
de "EDIFICIO IMPERIAL II",) con unos huecos llamados apartamentos
en el argot mercantilista. En menos de dos años fueron admitidos en el
ir y venir del resto de los propietarios, que tenían los mismos pisos,
los mismos sueldos, los mismos coches y los mismos hijos. Eso sí, todos
ellos de diferente marca.
El nutrido grupo de niños desplegaba sus actividades en una piscina ínfima
de la que pronto se cansaban, (cuando no les despachaban por gamberros,) en
una pista de tenis a la que accedían armados de relucientes raquetas,
carísimas todas ellas, y en la que acababan jugando al fútbol,
( porque el tenis, hay que decirlo, es una memez de juego en la que por cada
raquetazo debes agacharte a recoger cinco pelotas, a no ser que tengas un esclavo
mal pagado que responde al apelativo laboral de recogepelotas,) en una playa
en la que chapoteaban como focas saltarinas, y en un estrecho territorio urbano
limitado por tres heladerías, dos tiendas de chuches, cuatro pastelerías
de diverso pelaje y una juguetería en la que podían tocarlo todo,
(hasta que el dueño se hartaba.) Este territorio contenía, (a
duras penas,) una farmacia apotekada, seis terrazas-espectáculo, un piano-bar
para muermos, dieciocho chiringuitos de venta diversificada con las colchonetas
con remos más caras de toda la costa, tres asadores de pollos insatisfactoriamente
depilados, siete restaurantes con "exclusivos" platos combinados cuyo
ingrediente principal eran las patatas, dos tiendas de TODO "DESDE"
CIEN, ocho boutiques de ropa, dos de ellas de la prestigiosa firma "CRAPUDOC
AND MAJOR STILO," y una tienda de revistas y periódicos que por
las mañanas también vendía magdalenas.
En medio de este complejo, el chalet de los gatos con su grandísimo y
parcialmente destartalado patio ajardinado, se erguía como un pitufo
entre gigantes, como reliquia de un pasado sumido en atmósferas tranquilas,
ritmos espumosos y atardeceres inolvidables.
Los gemelos, por su personalidad hiperactiva, su sorda rivalidad y su osadía,
se hicieron con el control de la chiquillería del "EDIFICIO IMPERIAL
II" en menos que se fríe un huevo.
Correrías fútbol, agua, chuches y broncas, eran las esencias vitales
que hacían que la vida de estos niños fuese soportable e, incluso
a ratos, divertida.
Así que en cuanto el gemelo abofeteado pudo disponer de su banda al completo,
habiendo jurado venganza eterna, no contra su madre, (por histérica,)
ni contra su padre, (por bruto,) ni siquiera contra el camarero, ( que empapuzaba
con restos de comida a todos los gatos en 400 metros a la redonda,) sino contra
unos pobres gatos que se buscaban la vida, (no cazando heroicamente molestos
roedores, todo hay que decirlo, sino mendigando con cara de pena y bigotes alicaídos,)
dirigió a sus huestes contra el único lugar en le que sabía
que había gatos en cantidades apreciables. El pequeño chalecillo
de gran jardín destartalado.
La primera medida estratégica no tuvo como idea central el estudio de
tácticas de rodeo y acorralamiento, movimientos logísticos o elección
de condiciones atmosféricas favorables, sino la elección de un
arma letal, espectacular, divertida, barata, vistosa y adecuada al nivel de
venganza que el gemelo abofeteado quería aplicar.
Tras ruidosas y poco sosegadas discusiones en las que se barajaron desde escobas
desmelenadas hasta bombas "atómicas" de harina, se optó
por el armamento acuático de disparo manual: el globo de agua.
No obstante, habiéndole parecido poco destructivo para saciar su sed
de venganza, el gemelo abofeteado y un par de sus lameculos se reservaron el
derecho de usar otro tipo de armamento más contundente.
Así que, a media tarde, estando sus padres roncando apaciblemente, y
sus madres puestas al grill, los gemelos y sus secuaces, armados de globos hasta
los dientes, con gestos de feroz desafío y brutal determinación,
casi casi marcando el paso de la oca, se dirigieron al lugar donde habrían
de enterrar su dignidad de humanoides.
Los pobres gatos, que jamás pudieron imaginar una eventualidad tan horrible,
ante el aluvión de globos, latas y diversos objetos no identificados,
rompieron a correr ciegamente, totalmente desorientados en busca de refugios
inexistentes.
Cuando los pacíficos paseantes contemplaron el feroz ataque, sazonado
con gritos "guerreros" bastante estridentes y desagradables, ( que
además en ese momento se mezclaban con el pedorreo insoportable de una
motito con el tubo de escape sin bozal, conducida por un tontorroncete al que
su novia acababa de dejar por memo elevado al cubo,) se indignaron tanto que
se les subió la sangre a la cabeza, hasta el punto de que más
que cabezas parecían prepucios al borde del quebranto.
Surgieron voces de protesta, llamadas a la calma y a la serenidad. Pero nadie
movió ni un músculo para impedir o dificultar la ignominiosa agresión.
Hasta que, de las entrañas del precavidamente alejado corrillo de cobardes,
cual caballera andante, imponente y con paraguas en ristre, saltó desafiante
una mujer que les espetó un "¡¡¿sois jilipollas
o qué?!!!" tan bien dicho, tan rotundo que el ejército de
enanos, pasmado y sorprendido, se paralizó de inmediato.
Fue el gemelo abofeteado quien primero reaccionó con un "¡jilipollas
serás tú!". La caballera andante, sin pensárselo dos
veces, avanzó hacia el gemelo, enarboló el paraguas y se lo estampó
en la cocorota dejándole momentáneamente aturdido y atontolinado.
En ese momento viendo a su jefe en dificultades, y haciendo lo que todos los
cobardes han hecho a la largo de la historia, los dos lameculos echaron a correr
provocando la estampida del resto de sus compañeros, que se perdieron
en los entresijos del paseo dejando un gato malherido y un panorama desolador.
NOTA ACLARATORIA
Este párrafo puede considerarse apócrifo puesto que establece
como motivo del ataque una presunta venganza de uno de los gemelos a causa del
bofetón que su padre le da por tirar un vaso en el restaurante. Yo no
admito que unos niños puedan abrigar tales sentimientos. Además
carece de intensidad poética y no explica satisfactoriamente ciertos
aspectos del guión establecido en su momento. ( Véase el diagrama
de flujo.)