LA ABUELITA CARCELERA
La abuelita carcelera
remiró al pajarillo.
__ ¿ No es bonito Mificufi?
__ Miaaaaaaau __dijo Mificufi con unos ojos como platos.
__¡Claroooooo
!__asintió satisfecha la abuelita carcelera,
como si tuviese alguna idea clara de la que Mificufi pensaba cuando decía
miaaaaaau.
Aparte de como una cabra, la abuelita carcelera estaba como unas castañuelas.
Aún no hacía ni dos días que había tomado la decisión
más sublime y crítica de toda su vida, tras profundas marejadas
mentales acerca de si la imprescindible compañía de Mificufi era
suficiente para paliar su tremebunda soledad; y después de romper la
hucha-lechoncito y de desparramar la calderilla, llegó a dos conclusiones:
una dolorosa, que Mificufi no llenaba su vida a pesar de los terribles esfuerzos
que el gato hacía para darse la gran vida
( cómo se lo diría
sin que se ofendiera? Era tan susceptible
) y otra, ( a la vista de la
mina de oro que salió de la hucha-lechoncito,) gozosa, que podría
permitirse el lujo de comprarse un canario que piara como los piángeles.
De ese modo introduciría en su dieta anímica el componente musical
necesario para espantar a los sufridos fantasmas instalados en su cabecita,
los cuales no sabían cómo salir de ella a pesar de sus desesperados
intentos por hacerlo, (dicho sea de paso.)
Así que, con Mificufi en brazos y sorteando un tráfico endiablado
como solo una viejecita de setenta y ocho años es capaz de hacerlo, se
llegó a "CANARIOS PIO", cuyo dueño, a pesar de ejercer
de carcelero de pajarillos al por menor, gozaba entre la apoltronada vecindad
de un inapelable prestigio como homínido amante de los animales que no
se merecía en absoluto, porque no hay peor carcelero que el que te roba
la libertad con beatíficas sonrisas.
Y con esa misma beatífica sonrisa vendió a la abuelita carcelera
un canario robusto, (sacaba pecho ostentosamente,) vivaz, (era un canario pero
revoloteaba como una mariposa,) algo cachondo, ( adoptaba poses de dudoso buen
gusto,) y caprichoso, (cantaba cuando le salía de los huevos,) que, al
cabo de un más que complicado aprendizaje social, logró establecer
con ella y con nuestro Mificufi unos parámetros de convivencia bastantes
estables.
Mificufi, cada vez que contemplaba al canario,(bautizado por vía de urgencia
con el originalísimo nombre de Carusso por lo bien que daba la coña
toda la vecindad cuando le salía de los huevos, como ya antes dije,)
decía miaaaaaaaau.
Y lo que la abuelita carcelera interpretaba como "gracias amita por traerme
un maravilloso hermanito que pía como los piángeles", en
realidad quería decir "quién pudiera echarle el guante para
hincarle el diente."
Si la abuelita carcelera no hubiese sido tan incompetente a la hora de traducir
los miaaaaus de Mificufi, la tragedia posterior no hubiese tenido lugar. Al
menos con tanta celeridad.
Hasta tal punto estaba la abuelita carcelera lejos de la traducción correcta
de los miaaaaus de Mificufi, que cierta tarde no se le ocurrió otra cosa
que pensar: "
pobrecito Mificufi
parece que se muere de ganas
de jugar con su hermanito
"
Dicho y hecho. Se acerca a la jaula, abre la rejilla, trinca a Carusso y se
lo planta en los morros a Mificufi, el cual en un primer momento y ante tanta
felicidad, se queda petrificado; esto, es interpretado por nuestra experta como
un signo de reafirmación de sus osadas hipótesis.
__Jejeje
os voy a traer el ovillo de lana para que juguéis
Nunca debió alejarse más de dos milímetros del lugar. Cuando
la abuelita volvió, Carusso y sus melodías viajaban a velocidad
constante hacia el estómago de Mificufi que llevaba una temporadita segregando
exceso de jugos gástricos.
Ni qué decir tiene que la cabeza de Carusso fue recibida en el sacrosanto
aposento con todos los honores.
__AAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHH!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
El grito de la abuelita carcelera, además de dejarla exhausta, se oyó
en un radio de varios cientos de metros, desatascando por breves momentos el
apoltronamiento y placidez de las vidas de sus vecinos.
Mificufi, ante grito tan descomunal, salió disparado por la primera ventana
que pilló, que daba la casualidad que daba a una terraza que estaba cinco
pisos en dirección al centro de la tierra, propiedad de un coleccionista
de cactus, en uno de los cuales quedó ensartado tripas abajo haciéndole
pagar el crimen de haberse comido a una de las gargantas más privilegiadas
de la historia contemporánea.
Poco más tarde, la abuelita carcelera viajaba solícitamente atendida
por dos fornidos ateeses que, por un instante fugaz, le hicieron olvidar los
terribles hechos acaecidos.
Si salía de esta
compraría un perrito pequeñín